La Terapia
Narrativa: Una nueva onda en Grupo-T
Al
contar a extraños nuestras historias personales nos libramos de
ellas y las convertimos en pasado. Esto nos permite comenzar a
diseñar un futuro a nuestro gusto, documentando esos cuentos para
que no se pierdan en el olvido y puedan servir a otros de
inspiración. Las personas entenderán, como esas experiencias y
circunstancias adversas permitieron fortalecernos.
A
pesar de todas las calamidades y desgracias que podamos haber
sufrido en la vida, llega el momento de distinguir entre nuestra
historia y nuestro futuro. En nuestra historia, la vida es
definida por las actitudes e ideas que otras personas tienen de
nosotros. En nuestro futuro, la vida será definida por el respeto
y la apreciación que tenemos de nosotros mismos. Vale recordar
que el prisionero termina por acostumbrarse a su celda, y cuando
es liberado se siente desconcertado y muchos regresan a ella
buscando refugio.
Básicamente,
la externalización de un problema consiste en la separación
lingüística del problema de la identidad personal del paciente.
En
los últimos años terapistas alrededor del mundo han comenzado a
evaluar el abordaje narrativo, restándole peso a la tradicional
relación paciente-terapista y tratando el concepto de identidad
personal como una construcción social fluida. El atractivo de
esta Terapia Narrativa va más allá de la
técnica, ya que representa un cambio fundamental de dirección en
el mundo terapéutico que se ha denominado la Tercera Ola.
La
Primera Ola que comenzó con Freud y estableció las
bases del campo psicoterapéutico, se centraba en la patología
del paciente y estaba dominada por las teorías psicodinámicas y
la psiquiatría biológica. Esta Primera Ola representó un avance
importante, porque dejó de mirar a los pacientes como moralmente
deficientes, y nos dio un vocabulario común codificado en los
manuales diagnósticos y estadísticos para describir los
problemas humanos. Pero hacía tanto hincapié en la patología,
que alteró nuestra visión de la naturaleza humana. Muchas
personas terminaron identificándose ellos mismos con etiquetas
estigmatizantes como "narcisista", "personalidad
borderline" o adulto hijo de un alcohólico".
La
Teoría Psicodinámica permitía convertir diagnósticos, que no
eran otra cosa que prejuicios sociales o adivinanzas creativas, en
verdades eternas y absolutas. Este daño absurdo producto de
nuestro delirio, permitía determinar quien estaba sano y quien
no, quien estaba en lo cierto y quien equivocado. Esta realidad
comenzó a cambiar en 1970 cuando los psiquiatras decidieron
tardíamente y por voto democrático que la homosexualidad ya no
era una enfermedad.
Las
psicoterapias de la Segunda Ola --terapias
centradas en el problema-- emergieron en 1950 pero realmente no
sustituyeron a la Primera Ola. La Segunda Ola intentó remediar el
excesivo foco sobre la patología del pasado y las terapias
centradas en problemas, incluyendo las terapias de la conducta,
los abordajes cognitivos y la terapia de familia, no asumían que
los pacientes estaban enfermos. Ellas se centraban más en el
aquí-y-ahora en vez de buscar significados ocultos y causas
últimas. La personalidad dejó de verse como sellada por la piel
y comenzó a pensarse como influenciada por patrones de
comunicación, relaciones familiares y sociales, respuesta y
estímulo.
El
cambio no se veía tan difícil en la Segunda Ola: con la
manipulación de alguna de las variables, el sistema en su
totalidad debería cambiar, incluyendo las características
personales que antes aparecían como grabadas en concreto. Los
terapistas de la Segunda Ola veían a sus pacientes como
básicamente sanos y la meta era arreglarlos lo más rápido
posible, para enviarlos de nuevo a la autopista de la vida. Estos
terapistas no trataban de arreglar lo que no se les había pedido
que arreglasen.
Entre
los terapistas de la Segunda Ola encontramos mayor número de
mujeres y los terapistas en general no se presentaban tan
exaltados como los psiquiatras de la primera Ola. Ellos se
convirtieron en expertos en materias tan arcanas como la teoría
del doble-vínculo de Gregory Bateson, las intervenciones
paradójicas y las técnicas conductistas.
Los
problemas residían en sistemas de pequeña escala y las
soluciones todavía correspondían a los terapistas. Pocos
terapistas veían a sus pacientes como agentes de cambio decisivos
en su propia vida. De hecho, muchos veían la conciencia que sus
pacientes tenían de si mismos, como algo que debía obviarse o
dejarse de lado.
A
comienzos de los años 80, algunos terapistas comenzaron a cambiar
el foco de atención y la creencia de que centrarse sobre los
problemas muchas veces oscurece los recursos y soluciones que
residen dentro del pacientes. El terapista ya no era visto como la
fuente de la solución y comenzamos a entender que las soluciones
a los problemas residía en la gente y en sus redes sociales.
El
credo máximo del abordaje narrativo es: "La persona nunca es
el problema, el problema es el problema."
Los
terapistas con frecuencia "colonizan" a sus pacientes.
Al igual que países ocupados por naciones más poderosas, los
pacientes aprenden a devaluar su propio lenguaje, experiencia y
conocimiento a favor de la visión de sus terapistas. En vez de
aconsejar a sus pacientes, los terapistas de la Tercera
Ola enfocan los efectos insidiosos de ideas opresivas y
de la práctica y hábitos que todos tenemos. Esta no es una
política de buscar culpables, de encontrar opresores, sino una
política de liberación a un nivel muy individual.
Muchas
de las creencias que mantenemos no son más que el gran bagaje
cultural, líneas de canciones de amor, cosas y diseños de
revistas de glamour, comerciales, cuñas y jingles memorizados,
romances de comiquitas, novelas rosa, sermones de nuestros padres
de lo que significa ser un hombre, recuerdos de amores pasados y
de los juegos y diversiones de la niñez. Es posible que hayamos
absorbido creencias de que no somos buenos, que sólo la gente que
vale la pena sabe cocinar, que sólo las mujeres delgadas son
bellas, que un hombre de verdad sabe como mantener a una mujer
"en supuesto". Si aprendemos a conciencia a reconocer el
efecto insidioso de estas creencias y a verlas, no como parte
inherente de nosotros mismos, podremos liberarnos de ellas. Esta
es la conversación liberadora que los seguidores
de la Tercera Ola aspiran tener con sus pacientes.
Por
años los terapistas se han envuelto en asuntos que rayan en la
filosofía, como la "epistemología" y la
"construcción social de la realidad", obteniendo poco
impacto en la práctica diaria. Pero la terapia narrativa se ha
convertido en un abordaje viable, debido a su habilidad de poner
la ideología en acción y producir resultados en el consultorio
de los terapistas.
El
abordaje narrativo saca a los terapistas de su baja productividad
y les permite evitar una de las grandes trampas de la profesión:
envolverse en la desesperación de sus pacientes. Esto se
evidencia en la forma como los pacientes suelen presentarse en la
sesión. "Hola, soy depresión, yo siempre he sido depresión
y siempre lo seré". Frente a esto, el terapista se siente
tan frustrado y atado como el paciente mismo.
Los
críticos de la psiquiatría siempre han condenado el riesgo de
etiquetar a la gente, llevando a una profecía que se cumple al
considerar a las personas "borderline" o
"esquizofrénico". Ellos han argumentado que tales
etiquetas estáticas y generalizadas, socava la creencia de cada
uno en la posibilidad de cambio.
Los
terapistas de familia y otros terapistas de la Segunda Ola, al
comienzo, trataron de ignorar las etiquetas individuales o
trataron de re-enmarcarlas como saliendo de procesos sistemáticos
o interacciónales. Pero las etiquetas no desaparecen simplemente
al ignorarlas, ya que los pacientes también dependen de ellas.
Mientras
el terapista decide que es más fácil tratar a un niño "que
no come" que a un "anoréxico", o a una persona que
está "baja de energía" que a un "
deprimido", en ocasiones estas etiquetas, o la falta de
ellas, le dice al paciente que el terapeuta no lo comprende o no
está escuchando: "Mi niño es hiperactivo y tiene un
Desorden Deficitario de la Atención. ¿Me está diciendo usted
que eso no existe? Este niño no es solamente energético, es
hiperactivo!" Las etiquetas generalmente le dan a los
pacientes la idea de que la seriedad de sus problemas es aceptada,
así como un sentimiento de hermandad con otros que padecen el
mismo problema.
A
través del uso de su técnica más conocida, la
externalización, los terapistas narrativos son capaces
de aceptar el poder de las etiquetas, al mismo tiempo que evitan
la trampa de reforzar el apego a las mismas. La externalización
ofrece una manera de ver a los pacientes con una parte de ellos
mismos no contaminada por los síntomas. Esto automáticamente
crea una visión de la persona como no determinada y capaz de
realizar escogencias y decisiones en relación al problema. Las
ideas de la terapia narrativa permite, el surgimiento de respeto y
autoestima no solamente para el paciente sino también para el
terapista.
Si
la externalización es abordada simplemente como una técnica,
probablemente no surtirá efectos profundos.
Esta
técnica es al mismo tiempo muy simple y extremadamente
complicada. Es simple en el sentido de que representa una
separación lingüística del problema de la identidad personal
del paciente. Lo complicado y difícil es la manera delicada como
se logra. Es a través del uso cuidadoso del lenguaje en la
conversación terapéutica, que la curación de la persona se
inicia y finalmente se logra. Lo nuevo del abordaje narrativo, es
que provee una secuencia útil de preguntas que consistentemente
producen un efecto liberador para las personas. Seguir esta
secuencia terapéutica es como construir un arco ladrillo a
ladrillo. Si usted trata de llegar al último paso sin haber
pacientemente puesto los primeros ladrillos, su arco no se
sostendrá.
A
continuación una visión de la estructura fundamental del
abordaje narrativo.
El
trabajo con la persona o familia comienza con un nombre mutuamente
aceptable para el problema. Uno, puede preguntarle a una persona
que pierde la paciencia con facilidad: "¿Así que la rabia
te ha convencido de pegarle a tu mujer o pagarla con tus
hijos?" A una persona con rasgos paranoides se le podría
preguntar: "¿Cuando la desconfianza te susurra en el oído,
siempre la escuchas?" Al comienzo, la persona y su familia
pueden insistir en atribuirle el problema a la persona, pero el
terapista narrativo, gentilmente, persistirá en
la otra dirección, desprendiendo lingüísticamente a la persona
del problema-etiqueta. Así los pacientes comenzarán a asumir una
visión externalizada del problema.
Seguidamente
personificamos el problema y le atribuimos
intenciones opresivas y tácticas. A continuación el terapista
comienza a hablarle a la familia o a la persona, como si el
problema fuera otra persona con su propia identidad, voluntad e
intenciones, que están diseñadas para oprimir o dominar a la
persona o la familia. A menudo, los terapistas usarán metáforas
o imágenes que ayudan a realzar el problema, tanto para ellos
como para sus pacientes. Por ejemplo, "¿Cómo maltrata el
macho borracho a todos en la familia?"
Esto
comienza a liberar a la persona y a los que se encuentran a su
alrededor, y les impide identificar a la persona con el problema,
al mismo tiempo que motiva para el cambio.
Investigar
como el problema ha afectado o dominado a la persona o la familia.
Antes
de poder cambiar la situación, el terapista debe conocer como se
ha visto dominada la persona o forzada por el problema a hacer
cosas o tener experiencias no de su agrado. El terapista puede
preguntarle a unos de los miembros sobre los efectos del problema
en ellos. Esto permite aceptar el sufrimiento de la persona o del
grupo y reconocer las limitaciones que el problema ha impuesto en
sus vidas, además de proveer oportunidades para establecer más
externalización.
Por
ejemplo, "¿Cuando te convencieron los celos para que
hicieras algo que lamentaste más adelante?" o "Qué
tipo de mentiras te está contando la depresión sobre lo que tu
vales?" El lenguaje usado no debe ser determinante: el
problema nunca causa que la persona o la familia haga algo,
solamente influye, invita, dice, trata de convencer, usa trampas,
trata de reclutar, etc.
Este
lenguaje, enfatiza la posibilidad de escogencia de las personas y
crea la posibilidad de responder por si mismo en vez de culparse.
Si la persona no es el problema, pero tiene una cierta relación
con el problema, entonces la relación puede cambiar. Si el
problema invita, en vez de forzar, uno pudiera declinar la
invitación. Si el problema trata de reclutarlo usted puede
negarse. Este paso también aumenta la motivación. La familia y
la persona se unen al terapista en la meta común de destronar al
problema y su dominio sobre la persona y la familia.
Descubrir
y revivir los momentos cuando los pacientes no han sido dominados
o descorazonados por el problema, y sus vidas no se han visto
divididas por el mismo.
Encontrar
evidencia histórica para soportar una nueva visión de la persona
como suficientemente competente para enfrentarse al problema y su
efecto opresor. Aquí es donde el método se pone interesante y la
vida de la persona comienza a escribirse de nuevo. Esta es la
parte narrativa, lo anterior ha sido para preparar el terreno para
plantar la semilla.
Los
terapistas narrativos usan la evidencia de esta competencia
individual para hacer puentes a un universo paralelo, un universo
donde la persona tiene una historia de vida diferente,
una vida donde la persona es heroica y competente. Para evitar que
esto se convierta en un mero re-enmarcamiento de la vida de la
persona, el terapista narrativo pregunta historias y evidencias
que demuestren que la persona era en realidad competente, fuerte,
animada, pero no lo sabía o no prestaba atención a esos
aspectos.
Finalmente,
se inicia un proceso especulativo con la persona y la familia
acerca del futuro que debe esperarse de esta persona competente y
fuerte que ha emergido del proceso.
A continuación
una lista parcial de los autores cuyas ideas están recogidas en
el artículo anterior.
Sigmund Freud
Carl Jung
Milton Erickson
Gregory Bateson
Paul Watzlawick
Mara Selvini
David Epston
Esta es una
adaptación del artículo "The Third Wave" por Bill
O'Hanlon.
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